Gordon Moore era un joven ingeniero de IBM, cuando en 1965 observó una tendencia que en la igualmente novel industria de la tecnología digital iba a dominar la estrategia de comercialización de la computación. Moore señaló que la complejidad de los semiconductores se duplicaría cada año con una considerable baja en su costo. Así fue como nació la Ley de Moore, la cual estima que cada 12 ó 18 meses se dobla el número de transistores en un circuito integrado. Moore posteriormente creó Intel, empresa que ha basado su éxito en la premisa de su fundador.
El cumplimiento de Moore no solo se ha podido constatar sin discusión casi medio siglo después de formulada, sino que domina nuestras preferencias de consumo en la muy relevante industria de la tecnología de la información. En la actualidad, el consumidor tecnológico da por sentado que cualquier computador que compre hoy es mucho más eficiente y poderoso que el modelo de hace un año atrás. Incluso, es casi un derecho exigir tal característica.
Ésa es la razón por la cual compramos nuevos computadores y artículos electrónicos similares cada año, porque sabemos que son dos y hasta tres veces más poderosos que hace 12 meses atrás. Pero, ¿qué pasaría si la Ley de Moore colapsara, convirtiendo a cada generación de productos tecnológicos en exactamente lo mismo que la anterior? ¿Por qué los consumidores se molestarían en comprar un nuevo computador que tiene el mismo rendimiento que su antecesor?
Esta inquietante pregunta aparece en el último libro de Michio Kaku, "Physics of the Future". Kaku es profesor de física teórica en City University de Nueva York y una especie de rock star dentro del mundo científico, gracias a una serie de publicaciones de libros de ciencia que han acercado al gran público a este temático y además como conductor de programas de TV en el canal Science y Discovery.
Kaku continúa y afirma que dado que los microchips están presentes en una gran cantidad de productos, el fin de la Ley de Moore tendría desastrosos efectos para la economía mundial, pues industrias completas detendrían su producción, millones perderían sus trabajos y ocurriría una crisis económica y tecnológica de proporciones. Considerando que en 26 años el número de transistores en un chip se ha incrementado 3200 veces y que en el 2004 la industria de transistores produjo más cantidad y a un menor costo que la producción mundial de arroz, creo que no es necesario entrar en detalle sobre su importancia en el desarrollo de la humanidad y sin mencionar los trillones de dólares que están puestos sobre la mesa. Kaku explica que la forma en que la Ley de Moore culminará y cómo será reemplazada es cosa de las leyes de la física.
Para entender esa situación, es importante saber que el increíble éxito de la computación descansa en varios principios de esta disciplina científica. Primero, los computadores han logrado la velocidad que tienen hoy, gracias a las señales eléctricas que viajan a la velocidad de la luz, que es la máxima conocida por la teoría física. En un segundo, un haz de luz puede viajar de la tierra a la luna. Los electrones también se mueven alrededor a un átomo. Esa combinación de electrones y su velocidad permite enviar señales eléctricas, lo que fue el eje de la revolución electrónica del siglo XX. Prácticamente no existen límites a la cantidad de información que se pueden ubicar en un haz de luz. Esto significa que la fibra óptica puede llevar una cantidad de 10 bits elevado a 11, cargando información en una sola frecuencia. Entonces en un cable repleto de fibra óptica, el volumen de información es casi infinito.
Por su parte, el crecimiento del poder de los computadores ha sido conducida por los transistores en miniatura. Un transistor es una puerta que controla el flujo de electricidad. El chip computacional contiene cientos de millones de transistores en una plantilla de silicona del tamaño de una uña. Dentro de un computador hay microchips con transistores que solo pueden observarse a nivel microscópico.
Ahora bien, como ya dijimos antes, la fabricación de un microchip comienza con el diseño de un modelo, el cual luego es impreso en una plantilla con millones de transistores en ella. Esta plantilla se plasma sobre una lámina de silicona, sensible a la luz. La luz ultravioleta entonces se focaliza en la plantilla que penetra la silicona. Luego este molde es bañado en ácido, creando los pequeños surcos del circuito y así distribuyendo el intrincado diseño de los transistores. Esto da como resultado capas de conductores y semiconductores, con el ácido cortando el molde en distintos niveles de profundidad y patrones, pudiendo de esta manera fabricar circuitos de gran complejidad.
El crecimiento del chip se logra gracias a que la luz ultravioleta puede ser regulada y con ello la espesura puede ser cada vez más minúscula y precisa, con lo que más transistores pueden ser introducidos en los moldes de silicona (cumpliendo la Ley de Moore). No obstante, la densidad de la luz tiene un límite y puede conseguir que el transistor más pequeño sea grabado en una superficie de aproximadamente 30 átomos, pero si se continúa estirando el proceso igual llegará un punto en el que físicamente será imposible ubicar más de un transistor dentro de un átomo.
Kaku estima que alrededor del año 2020 se producirá el quiebre de la Ley de Moore. Esto representará el fin de la producción de chips en silicona y el ingreso a una nueva era. ¿Qué significa esto? Una nueva generación de científicos conducidos por la Teoría de la Física Cuántica tendrá que tomar el control. Pero suponiendo que esto suceda, la velocidad de la producción computacional no será tan veloz como antes; por lo que doblar la capacidad de rendimiento de un computador no tomará 18 meses, como en la actualidad, sino que muchos años.
No es claro cuál podría ser el avance de los microprocesadores una vez alcanzada su capacidad máxima, incluso existen ingenieros que todavía dudan que el fin de la Ley de Moore vaya a ocurrir. La mayoría de ellos trabaja en Intel: "Cuando peleas contra una ley, lo más probable es que pierdas", aseguran desde el gigante tecnológico.
Sin embargo, a mi juicio, este dilema plantea una cuestión fascinante en la gestión y administración de la tecnología: ¿Deben las empresas con fines de lucro realizar ciencia básica? Eso lo intentaremos responder en una siguiente entrada de este blog.
martes, 26 de junio de 2012
martes, 15 de mayo de 2012
La innovación popular
La creciente competitividad de la
economía moderna ha llevado a las empresas a buscar nuevas estrategias en la
forma cómo hacen negocios. Una de las fuentes de nuevas ideas ha sido tanto la
ciencia de base como la ingeniería aplicada. Luego de la II Guerra Mundial, el
consejero científico del gobierno estadounidense, Vannevar Bush, aseguró que
los países que extravían sus habilidades de innovar en ciencia y tecnología,
iban a perder irremediablemente también el control sobre su propio destino, al
carecer del poder para generar prosperidad y seguridad nacional. Recordemos que
Estados Unidos ganó la II Guerra Mundial gracias a los investigadores que
inventaron la bomba atómica, derivada de múltiples teorías científicas.
En la actualidad, se espera que los países que realicen avances científicos de vanguardia les entregue un liderazgo para decidir la forma en que el resto del mundo vive. Disciplinas como la nanotecnología y biotecnología tendrán un profundo impacto en nuestra sociedad globalizada, gracias a la ingeniería genética, organismos sintéticos y, en un futuro muy lejano, los nanobots.
En la actualidad, se espera que los países que realicen avances científicos de vanguardia les entregue un liderazgo para decidir la forma en que el resto del mundo vive. Disciplinas como la nanotecnología y biotecnología tendrán un profundo impacto en nuestra sociedad globalizada, gracias a la ingeniería genética, organismos sintéticos y, en un futuro muy lejano, los nanobots.
Un simple esquema de la política
de innovación se desarrolla tradicionalmente de la siguiente manera:
Así, la cadena de innovación parte con el esfuerzo que hace el Gobierno, al otorgar subsidios a la ciencia para hacer investigación. Además el Estado debe procurar el constante desarrollo de nuevas generaciones de científicos, a través de las universidades, para que el ciclo de la investigación prosiga su desarrollo. Luego entran inversionistas que ven una oportunidad comercial en aquella investigación; no daña recordar que el objetivo del capitalista es obtener un retorno monetario sobre su inversión. La manera tradicional de comercializar ese descubrimiento es a través de empresas, ya sea establecidas o bien creando una nueva. Todo esto culmina en ofrecer al mercado nuevos productos y servicios que mejoren su calidad de vida.
Así, la cadena de innovación parte con el esfuerzo que hace el Gobierno, al otorgar subsidios a la ciencia para hacer investigación. Además el Estado debe procurar el constante desarrollo de nuevas generaciones de científicos, a través de las universidades, para que el ciclo de la investigación prosiga su desarrollo. Luego entran inversionistas que ven una oportunidad comercial en aquella investigación; no daña recordar que el objetivo del capitalista es obtener un retorno monetario sobre su inversión. La manera tradicional de comercializar ese descubrimiento es a través de empresas, ya sea establecidas o bien creando una nueva. Todo esto culmina en ofrecer al mercado nuevos productos y servicios que mejoren su calidad de vida.
No obstante, los avances
científicos y tecnológicos son difíciles de traducir por las empresas y, por
ello, en muchas ocasiones no logran ser interpretadas por el sector industrial.
De esa forma, las compañías prefieren tomar un camino de solución interno a los
problemas que presenta el mercado y la competencia. Con eso, están evocando la
vieja (pero poderosa) estructura de “nosotros lo podemos hacer también (¡y aún
mejor!)”. O bien, se excusan diciendo que la innovación es para las grandes
corporaciones: “Somos pequeños y no tenemos tiempo para hacer investigación,
primero vendamos el stock en nuestras bodegas, hagamos fluir las ventas y
después hablamos”. Chile ha perdido 30 años con esa política empresarial.
Es así, como existen industrias
renuentes a innovar por el alto costo y riesgo que eso involucra. Aquello es
entendible si la fuente de ideas es externa y tan elusiva de atrapar como el
conocimiento científico. Sin embargo, existen otras posibilidades alojadas en
el ingenio popular, la cual se puede ir complementando con la técnica. La
técnica puede ser descrita como el conocimiento que busca llegar a un resultado
determinado, como, por ejemplo, la reparación de automóviles.
Esta combinación de factores
permite reconocer soluciones ingeniosas y, especialmente, diferentes a lo que el
resto hace, las cuales son desarrolladas para mejorar los medios actuales y que
al mismo tiempo sean capaces de promover cierta sustentabilidad en el tiempo
(vale decir, hacer algo durante un período prolongado hasta que otra idea lo
reemplace). La conjunción de ambas situaciones (ventaja competitiva y
sustentabilidad), entrega indudablemente una posición de liderazgo para la
empresa, la que debe contar con otras capacidades adicionales para capturar,
desarrollar y vender tal innovación de base. Esa empresa debe tener presente
que si no es capaz de innovar, la competencia lo hará y así conseguirá la antes
mencionada posición de ventaja.
Entonces, en mi opinión, aquello no
es posible conseguirlo con viejas ideas, que se disfrazan de novedosas y
distintas gracias a técnicas de marketing (englobadas en las tradicionales cuatros Pes: producto, precio, promoción y plaza).
No basta con ser el más barato o estar más cerca del público objetivo. Tampoco
se resuelve con ofertazos de última
hora. La clave es diseñar una tecnología, que bien puede ser incluso la
combinación de múltiples componentes, para generar esa innovación de base.
Esta tecnología puede ser simple
y provenir de una idea ingeniosa, que como un rompecabezas logra identificar y reunir
las piezas que se necesitan para dar curso a la innovación y así generar un
nuevo producto y/o servicio.
De lo contrario, la empresa que
persiste en sus esfuerzos por vender más de lo mismo está condenada a
desaparecer en esta floreciente economía del conocimiento.
jueves, 5 de abril de 2012
De Yuppies a Tekkies
En los últimos 12 años se ha
incubado una profunda transformación en las generaciones de nuevos empresarios y ejecutivos en el mundo
occidental. Pero, como muchos de los cambios radicales, es silencioso y ha requerido tiempo.
Durante la década de los ochentas, el
estilo predominante de los ejecutivos jóvenes era el concepto “yuppie”.
Ataviado con traje y corbata, recién afeitado y pasado por la peluquería, se
paseaba con un maletín Armani con cientos de stock-options para ofrecer a sus clientes en las calles de Nueva York. Generaciones completas
adoptaron esta forma de trabajo que se convirtió en un estilo de vida. La
imagen era muy importante y no podían dejar nada al azar. Las reuniones de
negocios ocurrían en los últimos pisos de los más lujosos edificios de la
ciudad y cuando abrían sus maletines lo que tenía que aparecer era oro puro a
la vista de los inversionistas.
Era un manera de crear valor
esencialmente a través del dinero. Así, se hacía crecer a la empresa comprando papeles y luego cuando su precio superaba un límite, se repartían las
ganancias entre los inversionistas. En un trabajo así, conocer en detalle el
movimiento de las acciones era fundamental y en eso las nuevas tecnologías
móviles, surgidas a comienzos de los noventas, como el bíper y el celular, consiguieron que los agentes
de bolsa tuvieran un auge mayor. Esto dio como resultado que la principal
motivación fuera recuperar la inversión en el breve plazo.
Con el surgimiento de la tecnología digital y la oportunidad que éstas ofrecían de acercar la construcción de software a
prácticamente cualquier ser humano, se abrió un nuevo concepto de ejecutivo, en
esta ocasión mucho más informal. Los creadores de Google y Yahoo! eran estudiantes
de doctorado cuando diseñaron los algoritmos que los hicieron famosos. Acunados
en Silicon Valley, los emprendedores tecnológicos ofrecían proyectos. No obstante, al contrario de los yuppies, se visten con pantalones sueltos, zapatillas, comen pizzas y duermen en
un sofá. En las reuniones de trabajo cuando abren sus mochilas universitarias
lo que sacan son ideas y sueños. Mark Zuckerberger llevó esto a otro nivel,
con su simple pero genial Fcebook, que creció de manera exponencial en unos pocos
meses luego de su fundación.
Siguiendo esa lógica, nunca vimos a Steve Jobs
presentar los nuevos modelos de iPad en traje y corbata. Sino que usaba el mismo beatle y los blue-jeans. Claramente representaba un modelo práctico pero autónomo
a la vez. Aunque quizás lo que más fascinaba en la audiencia era su discurso apasionado y el reflejo de su vida como innovador tecnológico, que no solo buscaba vender sino que quería dejar un legado y cambiar la forma en cómo las personas se
comunicaban, compartían y producían contenidos. A Jobs le costó años hacer entender eso a los gerentes de Apple, que lo despidieron a principios de los noventas, para más tarde volver y convertir a esta empresa en el fabricante de hardware número del mundo.
En la actualidad, las potencialidades que ofrece la
innovación han alertado a las firmas a concretar de manera más veloz este cambio de paradigma entre su
personal. El estilo formal y estrictamente financiero al interior de las
empresas ha dado paso a la creatividad y libertad, que permite la incubación de
nuevos proyectos, para luego convertirse en un intra-emprendimiento. En EE.UU., esto se refleja en que un tercio
de las empresas entregan un día libre a sus empleados para que desarrollen
proyectos de interés personal. Esta práctica que fue acuñada por 3M, a principios
de los setenta, dio como fruto la invención del Post-it, aquel taco de papel que
permitía anotar breves conceptos o ideas y, lo más asombroso, se podía pegar y despegar en cualquier superficie. Una simple idea inventada
por el científico Art Fry en 1980, pero que sigue fascinando al mundo contemporáneo hasta el
punto de que muchos ambientes de escritorio computacionales tienen Post-it virtuales e incluso hay obras de arte diseñadas con estos papelitos amarillos (¿fue Post-it el verdadero inspirador para Twitter?).
No podemos rehuir a la pregunta: ¿Es posible alimentar estos
ambientes de innovación al interior de las empresas chilenas? La respuesta parcial y por ahora es no, pero estamos camino a eso y para que ocurra sería necesario un cambio cultural, que altere la relación vertical y jerárquica
que aún subsiste en las compañías nacionales y convertirla en una modelo horizontal, donde las jefaturas estén
abiertas a escuchar nuevas ideas y, sobre todo, sin temor a implementarlas. De otra forma,
¿será posible que las empresas chilenas puedan retener a sus recursos humanos,
cada vez más libres y creativos, alentados por la posibilidad de la comunicación
virtual, si lo que ofrece son encasillamientos continuos en lo que se “debe
hacer” en negocios?
Es aquí donde el Gobierno tiene
que mantener su empeño en fomentar el emprendimiento, porque es en estos nuevos
ambientes donde se valora más la flexibilidad y se apoya cualquier idea que permita
sacar adelante el negocio. Esto sería difícil que lo financien las élites económicas, más dispuestas a apostar por oportunidades de menor riesgo y
desechar el emprendimiento por el alto riesgo que involucra.
En la nueva economía del
conocimiento es esencial anticipar “eventos”, capaces de cambiar el mercado e incluso la sociedad, como el iPhone. Vale decir lo que produce la competencia mediante un nuevo producto o servicio en sus procesos de innovación. Una vez que la clase ejecutiva chilena incluya este pensamiento, por cuenta propia podremos ser capaces de generar nuestra propia innovación tecnológica. En definitiva, las empresas nacionales pasarán de ser organizaciones que simplemente “podemos ser”, siguiendo al líder; a una que “queremos ser”, armados con las herramientas necesarias para proponer cambios.
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